Roma, un destino turístico con sus más y sus menos

No nos engañemos. Roma es la joya de la corona de Italia. Es más, se trata de uno de los destinos preferidos de los turistas por Europa (siempre está en el TOP 10). ¿Por qué será? ¿Para sacarse un selfie con el Coliseo de fondo? ¿Para fardar de tirar una moneda en la Fontana di Trevi? ¿Para chismorrrear en el interior de la Basílica de San Pedro? Pues es lo más seguro. Pero Roma va mucho más de los clichés del turismo. Lo comprobamos durante nuestra gira italiana en verano del 2019, que llamamos #Italia2. De hecho fue la ciudad al que más días le dedicamos, unos cuatro. Y aún así nos quedaron cosas por ver. Esa es una de las cosas que nos dimos cuenta, que no todo lo que brilla aparece en los folletos de Roma sino que se obvian muchas más cosas. Desmontemos algunos de otros mitos de la Ciudad Eterna.




«Ciudad Eterna» porque como bien se dice, parece que en Roma se haya parado el tiempo. O no. Más bien destruido. Recuerdo que cuando deambulábamos por el Foro Romano, comentaba lo que opinarían los ciudadanos de la Antigua Roma si cogieran un Delorean y vieran en qué ha quedado la capital del gran Imperio. Se cagarían en todo. Hoy en día no podemos ver mucho más que columnas. Pero desde luego no nos quejamos. De hecho esa tarde fue lo más positivo de nuestro viaje: el contraste entre lo que fue y lo que ha quedado. Esa inconmensurabilidad arquitectónica, víctima del paso del tiempo. Fachadas aisladas, despojadas ahora de la magnitud política de entonces, convertidas en ruinas, en paralelo a su régimen imperialista.

La verdad es que sí. Esas caminatas por el Foro Romano fueron muy evocadoras. Se lo debemos a que los cristianos se dedicaron a construir encima, y no a reconvertirlos como hicieron con el Coliseo de Roma. Pese a ser uno de los iconos del turismo en Europa, amén de películas y libros románticos (cuántos estragos han causado Audrey Hepburn o Federico Moccia), no me pareció tan colosal. A ver, ha quedado como un estadio gigante con una historia fabulosa. Pero es ponerla al lado del encanto del Foro y se me queda pequeño. Lo bueno del Coliseo, además de sus vistas interiores, es que pudimos encontrarnos con restos arquitectónicos esparcidos por las esquinas. Es la tónica en los monumentos en Italia: pedazos de columnas, capiteles de distintos órdenes, y en particular una exposición permanente con la historia del Antiteatro Flavio (que así era su antiguo nombre), y otra que es eventual y están bastante bien.

Esa zona de Roma es como para disfrutarla al menos dos días. Ni siquiera pudimos recorrer los foros imperiales en su totalidad, por lo que nos quedaron por ver los otros cinco foros. No es lo único por visitar, ni de la misma época. Detrás del Foro Romano se encuentra el Monumento a Víctor Manuel II, que es la cara moderna de la manzana. Asombra a sus pies, así que imaginad si nos hubiésemos encontrado con el Foro en el siglo II d.C. Se levantó en conmemoración a los 50 años de la unificación de Italia y al Padre de la Patria. La entrada es gratuita, aunque el uso del ascensor para las grandes vistas panorámicas no. De todas formas pudimos comprobar que los esfuerzos estaban enfocados a dar espectacularidad al exterior, no tanto por dentro.

También en la colina capitalina se encuentran los Museos Capitalinos (ya ven que nada es casual). Es otra de las visitas obligadas de Roma. Y es que en ellos pudimos ver tesoros artísticos de la talla de Artemis de Efeso, cubierta por múltiples senos, así como la Loba Capitolina o la poderosa estatua ecuestre de Marco Aurelio originales (las que se hayan fuera son réplicas, porque resguardados no sufren las inclemencias del tiempo). En verdad es el único museo que visitamos en Roma (sin contar El Vaticano), ya que es una ciudad más bien para explorar.

Alrededor se hallaba el Circo Massimo, que hoy en día es una simple explanada con la forma que tenía antiguamente. Esto nos dio un halo triste y reflexivo sobre el paso del tiempo. También andaban cerca el Teatro Marcello, que corrió la misma suerte que el Coliseo y fue aprovechado para otras construcciones, y la Boca de La Verdad. Esta última se halla en la Iglesia de Santa Maria in Cosmedin. Escenario reconocible de la película Vacaciones en Roma (William Willer, 1984), su visita es más bien para el postureo. Si quieres darle vidilla a tu Instagram, ya te avisamos que vas a tener que enfrentarte a una cola del copón.

Esta es quizás el punto más negativo del turismo en Roma. Nos enfrentamos a cantidades ingentes de turistas, allá por donde fuésemos. Al menos en los puntos más calientes de la capital de Italia. Luego íbamos a lugares más remotos como la Archibasílica de San Juan de Letrán (la verdadera Catedral de Roma, y no la Basílica de San Pedro en El Vaticano como muchos piensan) o la Basílica de San Pablo Extramuros, donde no había tal número. En estos ligares daba miedo a hablar por el eco pero no tuvimos que darnos de codazos con nadie, ni esperar a que se vayan otros para hacer una buena foto.

Donde realmente lo pasamos mal, como en ningún sitio a donde hayamos ido de turismo jamás, fue en El Vaticano. No sabíamos si dentro de San Pedro era una Basílica o un estadio en la final de la Champions. ¡Estaba hasta la bandera! Pero peor fue visitar los Museos Vaticanos. Llegó un punto que parecíamos vacas en el matadero. Había una cantidad inaudita de turistas, que se agolpaban fundamentalmente cuando las puertas entre sala y sala eran estrechas. No había forma así de apreciar las obras, ni siquiera de apreciar el aire. Nos pareció fatal la organización en este sentido, que permitieran la entrada de tanta gente a la vez. No le echemos la culpa a agosto, sino quizás a las ganas de hacer taquilla. Apretados también nos encontramos en la Fontana di Trevi, que tuvimos que hacernos unas fotos subidos desde el banco para que aparecieran las menos cabezas posibles. Parecían que estaban regalando algo.

Para visitar los lugares más turísticos de Roma sin soportar la cola tuvimos que aflojar pasta. Ya nos habían comentado que especialmente en El Vaticano las colas pueden durar hasta cuatro horas. A ello habría que añadirle el sol abrasador al que habría que estar expuestos. Para evitarlo nos hicimos con el Omnia Pass, que a este respecto el fast track es la principal ventaja de este pase turístico en Roma pese a su desorbitado precio (113€). Y es que en general la capital italiana es cara. Los menús diarios muy raramente bajan de 10€, si al menos uno pretende comer decentemente. Del alojamiento en Roma nos salvamos por una oferta en Booking. Una habitación privada, de lo más sencilla, nos costó 21€ por noche y persona. Un hotel de lo más barato en Roma suele encontrarse a partir de 55€. Por si acaso, os invitamos a echar un ojo a nuestros 5 consejos para elegir un buen hostal (y no quedarte ‘colgao’).

La experiencia en la capital de Italia, quitando el gentío turístico, fue positiva. Uno se puede ahorrar dinero en Roma organizándose bien, con tiempo, y ordenando el tiempo (mejor desayunar fuerte y no pararse a comer hasta el atardecer, porque las atracciones cierran temprano). Sin duda es un destino al que prometemos volver, no sólo porque nos quedaron lugares que visitar. Su encanto histórico nos terminó por embrujar. Eso sí, intentaremos evitar el verano porque el calor nos puso de mal humor, y eso que la ciudad dispone de fuentes públicas de agua potable ¡bien frías! No hace falta tirar ninguna moneda en la Fontana di Trevi para querer volver.

 

Autor entrada: Vacaciona2 - Alberto

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