La Costa Azul francesa: más que lujo, campechanía

Hacer turismo en la Costa Azul es todo un reto para quienes hacemos viajes low cost. De sobra es conocido que la alta sociedad europea gusta de disfrutar de los placeres de la Riviera Francesa. Es por eso por lo que su turismo está acondicionado para gente de pasta. Sin embargo todos los viajeros, da igual su nivel económico, merecen conocer la Costa Azul francesa. Nosotros lo hicimos durante la semana santa de 2019, y regresamos con un ligero sabor agridulce. Hubieron cosas que cubrieron nuestras expectativas y otras que no nos imaginábamos que lo hicieran. Pero hubo sensaciones de que el viaje a la Riviera Francesa podría haber sido mejor… Abrimos nuestro corazón en canal:




Planeamos el viaje a sabiendas de que no podríamos rendir pleitesía a la Costa Azul francesa por completo. Esto es, alojarnos en el popular Hotel Le Nergresco de Niza, rechupetear ostras en una terraza de Cannes o practicar jet-skiing en Saint-Tropez. Pero bueno, al menos nos permitimos el lujo de alquilar un coche en Niza. No salió barato, casi 200€ por sólo tres días (cierto que estábamos en semana santa, temporada alta pero, uf, qué sangrerío). La ventaja de contar con un coche de alquiler es que nos permitía alojarnos en un hotel fuera del centro y que así resultara más barato. Este y otros trucos os lo detallamos en nuestra Guía ‘low cost’ para no perderse nada de la Costa Azul.

Alquilar un coche en la Costa Azul francesa también nos dio vía libre para visitar al menos dos pueblos por día. El primero de ellos fue Niza, aprovechando que pillamos el vehículo en la Estación de Nice-Ville, al llegar desde Milán. Empezamos mal… No contábamos con que la ciudad iba a estar colapsada de coches. O sea, que encontrar parking cerca de la costa hubiese sido como ver pasar al Cometa Halley, cuestión de suerte. Así que perdimos un montón de tiempo. No nos quedó otra que faltar a nuestros principios low cost y bajar a un parking de pago. 13€ por unas tres horas. Ay, ay, ay… Pero, bueno, mereció la pena.

En Niza nos encontramos con una característica dominante de la Costa Azul francesa. Si piensas que todo lo que verás allí van a ser coches de lujo y calles infestadas de tiendas de Tiffanys o Prada, estás equivocado… Por suerte. Sus cascos no son muy diferentes a pueblos que, como avanzamos en el título, tengan un toque campechano. Tampoco son ciudades cualquiera. Tienen un encanto muy especial. Las calles son estrechas, de edificios altos y coloridos. Ventanas abiertas, ropa colgando. Y eso da un baño de calidez y frescura a nuestros ojos. En Niza nos sorprendió particularmente la Basílica – Catedral de Santa María y Santa Reparata. No es nada monumental, y encima está encajonada en una plaza que casi no consigues hacerle una foto desde lo más atrás posible. Pero por eso mismo nos gustó tanto, porque es distinto a lo que imaginamos.

Por el mercado de Niza encontramos detalles a buen precio, como souvenirs o saquitos de lavanda.

Esa misma noche, después de dejar las cosas en nuestro hostal y correr por los pasillos del Lidl como en un concurso (porque a las nueve en punto, ni un minuto más ni un minuto menos, nos apuraban para irnos), dimos un paseo por Antibes. Es una de las ciudades más desconocidas de la Costa Azul francesa que visitamos. Al oscuro, villas como la de Antibes toman otro cariz. Resultó poético dejar atrás la flota de yates más grandes que mi casa y la de mi vecino juntas, y entrar en su casco histórico. Al ser miércoles no había mucho ambiente. Pero tenía pinta de petarse en los días grandes. Merodear por su castillo del siglo XII, donde está ahora enclavado el Museo Picasso, nos transportó a una quietud propia de su época. Visita de época fue también la de la Plaza Nacional que con su antiguo cine, el kiosko de música y la Estatua de los Enamorados, fue como imaginarse vivir en los felices años 20.

Picasso escondiéndose de la luna llena. ¿Se iría a convertir en lobo?

En nuestra segunda jornada nos esperaba la alfombra roja de Cannes. ¡Y literal! Todos conocemos este enclave de la Costa Azul francesa por celebrar uno de los más populares de los festivales de cine. Un reflejo que queda todo el año en su Palacio de Festivales y Congresos es esa misma alfombra, desplegada por sus escaleras. La gente se pegaba a golpes por hacerse una foto en ellas y nosotros nos metimos en esa batalla. También hay un paseo de la fama con las huellas de actores famosos. Está muy bien para las fotos toda esta parte, pero lo más admirable es subir al barrio de Le Suquet, ver el enorme panorama a nuestros pies y bajar por sus calles también estrechas y luminosas.

Estuvimos en la alfombra roja de Cannes y nos fuimos sin premio.

Llegar a Saint-Tropez fue toda una odisea. Probablemente por eso muchos no añaden este punto a su itinerario por la Costa Azul francesa. Está como a dos horas de Cannes, y encima nos pasamos una salida y tardamos una hora más. Pero, qué quieres que te diga. A mí fue lo que más me gustó. También es para obviar su puerto hasta arriba de barcazas. Lo mejor fue su núcleo urbano, abierto a modestas galerías de arte y escaparates con un nivel artístico equivalente. Luego hay rincones marítimos donde parece que el tiempo se detiene. Se disfruta la calma, el romper silencioso de las olas. No hay mucha gente. Todos están tomando un Moët & Chandon en el paseo marítimo. No me importó volver a cruzar las mismas calles. Y no me importaría volver a hacerlo.

Uno de los mayores encantos de Saint-Tropez es encontrarse galerías de arte callejeras.

Nuestro último día fue para Mónaco. Aunque forma parte de ese conglomerado turístico de la Costa Azul francesa, ya sabemos que es un país independiente (para entrar y salir, como una ciudad más). Sin duda cumple con lo que se dice, que es una ciudad que se distribuye por arriba y por abajo entre elevados acantilados. Es raro que para ir de una calle a otra no haya que enfrentarse a elevadas pendientes. Algunas zonas disponen de ascensor, eso sí. Si no vas a ir de compras por Dior, mejor visitar el Casino de Mónaco (intentamos entrar a sus salas, pero pagar unos 17€ por ver máquinas tragaperras no es lo nuestro), y subir hasta La Roca. Allí están las oficinas gubernamentales y el Palacio del Príncipe. Se ve en un momento, porque es una zona preciosa pero en miniatura.

Uno de los lugares más visitados por los turistas de Mónaco es el Palacio del Príncipe.

Acabamos nuestro recorrido por la Costa Azul francesa con un salto a la ciudad vecina, Mentón. Me habían hablado personalmente de este lugar con encanto, a la frontera con Italia. Y no me engañaron. Allí comprobamos que es famosa por sus limones (aparece hasta en los imanes de viaje), ya que en febrero celebran la Fiesta de los Limones con esculturas enormes hechas con cítricos. Para nosotros lo mejor fue, nuevamente, sus calles enrevesadas. De hecho son muy particulares porque son muy estrechas, altísimas, que parece que estás en un laberinto pero del que no quieres escapar. Fue un goce deambular por sus pasajes y perderse, sin prestar atención al reloj.

Ya haga mucho calor, que pasear por el Vieux Menton es estar a la fresca, ¡seguro!

Visitar seis pueblos de la Costa Azul francesa en tres días no es moco de pavo. Podemos tacharla de nuestro mapa de destinos, que ese es el mayor glamour que nos llevamos de allí. ¿El mejor viaje que hayamos hecho? Pues no. Pero es por lo que digo. Este tipo de ciudades de vacaciones, para disfrutarlas a pleno pulmón, hay que visitarlas con la cartera llena. Se pierde tiempo buscando lugares baratos donde comer, cuando no los alojamientos más económicos y decentes están en las afueras. Y, ¡ay, los peajes! Están a cada paso entre una ciudad y otra. Sin embargo la Riviera Francesa es otro de los lugares del mundo al que hay que ir sí o sí una vez en la vida, ¡mínimo!

Autor entrada: Vacaciona2 - Alberto

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