Lanzarote: donde la naturaleza pone todo en juego

Una de las islas más turísticas de Canarias es Lanzarote. ¿Por qué? Siempre hemos defendido la autenticidad de cada una de ellas, que son diferentes entre sí y que ofrecen cosas distintas con respecto a las demás. ¿Qué es lo que más llama la atención de la isla conejera? Nosotros viajamos hasta allá con el cliché de ser un rincón de tranquilidad pero también repleto de impactos paisajísticos. César Manrique hizo de Lanzarote su propio lienzo y hoy es todo un escaparate artístico internacional. Y, por supuesto, su clima moderado todo el año es otro de los grandes reclamos. Pero sólo una vez que estás allí y viviéndola sabrás si la isla cumple con lo prometido. Y nosotros lo sabemos.
Viajamos a Lanzarote durante la semana santa de 2018. Marzo no es mal mes para irse con la toalla. Sin duda los europeos del norte encontraron durante estas fechas su paraíso porque no están acostumbrados a una temperatura de 19º, haga viento o esté nublado. Sinceramente a nosotros se nos reventó ese plan por eso mismo. Entendimos por qué la llaman la “isla del viento”, porque en ella fluyen mucho los vientos alisios y resulta más bien molesto. De hecho nos fijamos que en núcleos como Famara, las calles y carreteras están cubiertas de arena. Esto hace que la isla sea ideal para practicar surf, pero aún queriendo tuvimos que dejar los bañadores dentro de la maleta a causa del “pelete“.

Caleta de Famara, llena de arena pero también corales. Sólo faltaba el langostino Sebastián.

Nada más aterrizar alquilamos un coche para poder movernos por la isla libremente. Aunque Lanzarote cuenta con su red interurbano de guaguas, sus puntos turísticos están esparcidos por toda la isla. No es como Madrid (perdonen la comparación), que la mayoría de su patrimonio está concentrada en una sola ciudad. Eso sí, hay que tener cuidado con los conductores en Lanzarote ya que se la juegan mucho en los adelantamientos e incorporaciones. Nosotros lo comprobamos y además una amiga de allí nos lo confirmó: los lanzaroteños suelen conducir muy mal y van a las carreras. Por esta razón extremamos las precauciones después de que un loco nos adelantara por sorpresa, ¡mientras hacíamos nuestro adelantamiento a otro coche! Tres vehículos en línea en una carretera de doble sentido: triple acrobacia mortal.

De camino al Parque Natural de Timanfaya sí que no tuvimos problemas de conducción, faltase más.

No os preocupéis. Ya no hay nada más negativo que hablar sobre nuestra experiencia en Lanzarote. Bueno, el alojamiento, El Cortijo Eco Finca (o ‘Cutre Finca’, como lo hemos pasado a llamar nosotros). Prometía en fotos una cuidada estancia rural, ¡y hasta el propio campo estaba más limpio que las instalaciones! Pero es algo que no le podemos achacar a la isla, que la pobre no tiene culpa. En rasgos generales no nos pareció que Lanzarote estuviese especialmente descuidada. Cierto que vimos lugares con bolsas y botellas volando de aquí y allá, pero no tuvimos esa sensación de encontrar todo sucio. Además, la isla está bien organizada en cuanto a señalizaciones y es difícil que uno se pierda.

Para señalizaciones, las de César Manrique a la entrada de sus obras, como en el Mirador del Río.

Nuestro interés turístico estaba puesto sobre las obras de César Manrique (de las que ya hablaremos profundamente en un artículo aparte). El artista plástico soñó con modelar los entornos naturales de la isla pero respetando su singularidad. Desde luego que sus obras son la principal atracción cultural de Lanzarote, pues cualquiera se maravilla con sus esculturas móviles (movidas por la acción del viento) en parques y rotondas, y por cómo diseñó restaurantes y museos de forma límpida. Mezcló formas puras (y un tanto psicodélicas de los años 70 y 80) con tubos volcánicos, helechos o charcos, subiendo a la naturaleza a un grado mayor de espectacularidad: el Mirador del Río, el Horno-Asador El Diablo o Los Jameos del Agua son algunos ejemplos de esta “reconstrucción natural”.

El tiempo se detiene en los Jameos del Agua, hasta tomándose un cafelito.

Aunque el nombre de Lanzarote y de César Manrique estén íntimamente asociados, no todo en la isla son obras suyas. También visitamos lugares históricos como el Castillo de San Gabriel (Arrecife) o el Castillo de Santa Bárbara (Teguise), antiguos fuertes donde la población moderna acechaba ante la posible llegada de piratas. Hoy están reconstruidos por dentro como museos sobre la ciudad y la piratería, respectivamente. Entramos en otros centros culturales, como la Casa Amarilla (Arrecife), cuyas exposiciones son chiquititas (no cuenta con muchas salas) pero interesantes y bien condensadas.

Un castillo precioso el de San Gabriel, Arrecife, donde además aprendimos sobre la idiosincrasia conejera.

Qué decir de los numerosos museos del aloe vera. Todo pueblo que se precie cuenta con uno. Es un arbusto cuya savia tiene propiedades medicinales, y en la isla se cultiva mucho. La empresa Aloe Plus Lanzarote es la responsable de estos centros de interpretación, donde además de paneles informativos y vídeos tienen un muestrario de sus propios productos. Sí, es como que atraen al turista con una oferta cultural para luego venderle cosas. Y lo hacen muy bien, porque David se fue con un pack y si yo no fuera tan ruina me iba con la propia planta, que también la venden. Cada vez que veíamos un Museo del Aloe Vera entrábamos a por un trozo que ofrecían al público y nos la aplicábamos sobre la piel.

Museo del Aloe Vera en Arrieta, nuestro primer contacto pringoso con la planta.

No nos engañemos. El turista tradicional de Lanzarote no va a la isla a ver museos de aloe vera y restaurantes hechos por César Manrique. Va a pillar sol. En la isla hay numerosos núcleos turísticos, de esos que se parecen todos entre sí, vayas a la isla que vayas. Visitamos Puerto del Carmen y Costa Teguise, pero nos quedamos con Playa Blanca porque cuenta con un extenso paseo marítimo lleno de tiendas y restaurantes, centros comerciales, así como diversas zonas diferenciadas de playas y pequeños riscos. Vamos, todo el pack.

Cae el sol en Playa Blanca, por eso ya la gente recogió lo suyo y se fueron para el apartamento.

Por supuesto, recomendamos encarecidamente salir de ellos a conocer mundo. Además de sus centros culturales hay pueblos como Famara o Teguise donde es una delicia pasear. De la Villa de Teguise nos quedamos enamorados por su casco histórico. La que fuera capital de Lanzarote conserva sus calles antiguas, empedradas, flanqueadas por sus tradicionales edificios blancos de dos plantas a lo sumo. Fue como trasladarse al siglo XVII.

Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Villa de Teguise, tan preciosa ella.

Además de los núcleos urbanos, Lanzarote goza de preciosas estampas paisajísticas que son únicas. Del Parque Nacional de Timanfaya hablaremos de un artículo propio y merecedor. No hay que olvidar que hablamos también de la “isla de los Volcanes” y su paisaje es eminentemente lunar. El Lago de los Clicos, en El Golfo, enamoró a Pedro Almodóvar cuando rodó Los Abrazos Rotos. Es obvio: ves cómo el mar rompe su furia contra la orilla y a pocos metros contrasta con la quietud del verde lago sobre la misma arena. Son sensaciones enfrentadas en la misma retina. Otro cantar son Los Hervideros, un espectáculo de espuma marina que te produce congoja y emoción al mismo tiempo; y las Salinas del Janubio, la vieja factoría de la sal donde el mar descansa hasta cristalizarse en salitre.

Lago de los Clicos, tan salvajemente natural y colores a tutiplén.

Pues sí. Lanzarote fascina. Nosotros estuvimos cerca de cinco días y con ello basta. No sólo visitas lo imprescindible sino que además te brinda la oportunidad de descubrirlo con tranquilidad, como debe ser para disfrutar de cada uno de sus rincones. Los canarios gozamos las cosas con todo el tiempo del mundo porque nos rodeamos de una belleza creada con esa misma naturaleza: paz y quietud.

Autor entrada: Vacaciona2 - Alberto

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