Dresde, la reconstrucción ampulosa de una ciudad.

Quien escucha nombrar “Dresde” quizás no le diga mucho. No es de las ciudades más famosas de Alemania, como lo es Berlín o Colonia. Sin embargo es uno de esos sorprendentes ejemplos de que si la descubres por tu cuenta la vas a recordar para siempre. Dresden, como es su nombre original allá por tierras germánicas, supuso para nosotros el reencuentro con el ambiente neoclásico. Fue de las últimas paradas de nuestro tour #EuropaCentra2 y nos dejamos llevar por su rollo distinguido, por su historia sanguinolenta y su interminable oferta cultural. En este artículo os vamos a responder a esa pregunta de si vale la pena visitar Dresde.




Dresde no es cualquier cosa. Es la capital del Estado federado de Sajonia (en términos españoles, como una Comunidad Autónoma a nivel de categoría administrativa). Nunca habíamos soñado con visitar la ciudad, sinceramente. Junto a Leipzig era una de las candidatas como nuestra ciudad de tránsito entre Praga y Hamburgo. Nos decidimos por ella porque al buscar lugares de interés vimos que Dresde tiene bastantes cosas que ver, incluso abarcaba mucho para el único día que íbamos a estar. De hecho ya en nuestros planes previos de qué ver en Dresde sentimos que se nos quedarían cosas en el tintero.

Llegamos a la Estación Central de Dresde, a la que no le falta de nada: desde un supermercado Spar hasta la propia Oficina de Turismo que, a pesar de ser domingo, estaba abierta. Nos acercamos para concretar horarios de los museos a los que queríamos ir y nos colocaron la Dresden Welcome Card. Con ella visitamos los centros planeados desde un principio y algunos más. Iba a ser un tour bastante intensivo así que antes de ponernos a ello, decidimos comer antes algo tan típico y rápido como un currywurst.

De la Estación Central de Dresde hasta el puesto de currywurst, ya en pleno centro, andamos como unos 20 minutos en línea recta prácticamente. Con lo que nos encontramos fue con una explanada de edificios comerciales y de ocio, todo muy moderno. Detrás, como algo escondido, se encontraba la parte “antigua” llena de edificios de estilo neoclásico y neobarroco, muy pegada a la orilla del río, como si se tratara de un desfile arquitectónico ante la madre “Elba”.

El paseo por el río Elba se hace así de gustoso, oiga.

Nuestra primera parada fue el Palacio Zwinger, que era lo que más cerca que se encontraba a nuestro paso. De este “parque de atracciones museístico” ya hablamos en este artículo. Lo cierto es que le dedicamos el tiempo suficiente pero demasiado para una sola tarde si queríamos ver los otros centros incluidos en el Dresde Welcome Pass. La intención era sobre todo amortizar su precio y si no veíamos al menos dos museos más, entrábamos en “pérdidas”. Por esto mismo disfrutamos del Palacio Real (que cuenta en su interior con varios museos y salas de exposiciones de diversa temática y medios) y del Albertinum a marchas forzadas, sin parar en los detalles que más nos podían haber gustado.

Entrada majestuosa a uno de los museos del Palacio Zwinger.

Uno de los tantos aspectos positivos de Dresde es que el casco histórico es tan pequeño que se llega de un extremo a otro en media hora si vamos a paso normal. El epicentro de esta ruta lineal no podía ser otro que Iglesia de Nuestra Señora o Frauenkirche. Pese a su monumentalidad no se considera Catedral, aunque lo parezca. Dando la bienvenida se erige la escultura de Martín Lutero, plantado enmedio de ese espacioso Neumarkt donde además forman un triángulo terrazas y comercios donde y se dan cita artistas callejeros.

Martín está de vigía en la Iglesia de Nuestra Señora. Un respeto.

La parte más bohemia (y eso que estamos en Sajonia, permitirme el chiste) es esa parte pegada al río Elba del que os hablaba. El paseo no es muy largo, pero os vais a encontrar con edificios despampanantes, uno seguido del otro y enfrente, un panorama mucho más abierto y vacío. Este contraste visual nos hizo sentir como una gota entre dos mundos tan distintos en la misma ciudad de Dresde.

Desde nuestro encuentro con el Desfile de Los Príncipes supimos que volvíamos hacia la zona imponente del Palacio Real. Se trata del mural que homenajea a los jinetes reales en 24.000 azulejos (que menudo homenaje, de tal forma que es el mosaico de porcelana más grande del mundo mundial). La verdad es que impresiona, no sólo a lo largo sino a lo ancho. Esta obra de arte demuestra la ampulosidad histórica de Dresde que, pese a ser desgraciadamente bombardeada un siglo sí, un siglo puede que también, se nos descubrió como el “Ave Fénix” de Alemania.

No vas a tener cuello suficiente para ver el Desfile de los Príncipes.

Dresde es una ciudad que puede ser disfrutada durante un día completo, como mínimo. Quizás en este tiempo nos perderíamos detalles que merecen ser recreados con todo el tiempo del mundo. Desde luego que Dresde merece una visita. O dos.

Autor entrada: Vacaciona2 - Alberto

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