Budapest, entre los Habsburgo y los bares ruina

A la ciudad de Budapest se la conoce como “la perla del Danubio”. Es bañada (y dividida) por el susodicho río y en cuanto a “perla”… Bueno, será porque brilla a los ojos de cualquiera. Damos fe. Pero aparte de esta lírica poética, la capital de Hungría fue para nosotros uno de los destinos más amables, eclécticos y cómodos entre los que hemos estado. Fue una de las paradas ‘estrella’ dentro de nuestro tour #EuropaCentra2 y probablemente la que abandonamos con mayor pena. ¿Motivos? A puñaos.




Budapest fue el cuarto alto de nuestro recorrido por lo mejorcito de Europa Central, en agosto de 2017. Claro, cuando uno va a esos países continentales del norte piensa que va a ser fresquete y al final sudamos la gota gorda. Hizo unos 35º de media, sumando el hecho de que pateamos la ciudad de una punta a otra ¡y varias veces! (pongamos que se tarda una horita de X a Y). Así hicimos el primer día, cargando además nuestras mochilas desde la estación de bus para no perdernos ni un sólo segundo de la joya húngara.

Viajamos a Budapest con muchas expectativas. Bastantes eran los comentarios de gente que había estado allí, que decían que es una ciudad preciosa, que no defrauda. Por esta razón fue uno de los destinos de nuestro tour al que le dedicamos más días. Sin embargo, 48 horas no fueron suficientes (¡ni por asomo!) para conocer la ciudad más poblada de Hungría. Visitamos la mayoría de lugares que decidimos previamente qué ver en Budapest. Pero una vez allí oyes hablar de otros lugares que bien merecen su atención. Así nos lo pasamos:
 

 
Nuestra ruta “aquicense” (y no “budapestiana”, pues su gentilicio responde a la antigua población romana de Aquincum) comenzó desde la estación de Népliget, junto al nuevo estadio Groupama Arena. La ambición low cost nos llevó a cruzar todo Üllői út a pie hasta la Biblioteca Metropolitana Ervin Szabó. Lo consideramos también como una manera de callejear, de conocer Budapest más allá de lo que sale en el Lonely Planet. Y lo que vimos fue algo más urbano y cotidiano, mucha tienda de barrio y sitios de kebap bastantes baratos (con una pinta muy lejos de ser turística).

Algunos otros puntos de nuestra lista de viajes no nos parecieron grandes cosas, o al menos tan destacadas como para decir “jamás había visto cosa igual”. Me refiero a la Universidad Eötvös Loránd o a la Váci Utca, la principal calle comercial de Budapest. Por el contrario, nuestro recorrido por la capital húngara siguió por la ribera del Danubio y el Puente de Isabel y la sensación mejoró. No digamos ya subir a la colina de Géllert, que es más sencillo de lo que parece desde abajo. Las vistas son espectaculares aunque el agua del kiosko (2,50€), carísima.
 

Mirador de la colina de Géllert. No sólo tiene vistas sino un conjunto escultórico espectacular.

Para el segundo día nos hicimos con la Budapest Card de 24 horas. Como incluía transporte urbano lo aprovechamos bastante bien para aligerar la jornada, que empezó con el Parlamento de Hungría. Sin duda es la visita más indispensable de la capital húngara. En este artículo ya os hemos hablado de nuestra experiencia y algunos consejos para verlo. De allí fuimos al Castillo de Buda, al otro lado del Danubio, hacia el que llegamos cruzando el Puente de Las Cadenas. Debe ser la magia de Budapest pero la subida hasta allí tampoco nos costó mucho esfuerzo.

Aunque el Castillo de Buda es también conocido como Palacio Real (fue residencia de los reyes de Hungría), no esperéis encontraros una visita como quien va al Palacio de Versalles. Por fuera sí que tiene esa magnificencia monárquica, tan de una dinastía poderosa como la de los Habsburgo (el Reino de Hungría perteneció durante siglos a la Casa de Austria). Pero hoy en día es un complejo ocupado por una biblioteca y dos museos, aunque en realidad no llegamos a meternos por falta de tiempo. Muy cerca de allí (sólo hay que seguir la horda de turistas) está el Bastión de Pescadores. Es una especie de mirador escultórico impresionante, más que por sus vistas de Pest, por las torres y galerías neogóticas. Nos sentimos como en una película de fantasía medieval.
 

Castillo de Buda. No se dejen asustar por el león. Roaaarr.
El Bastión de Pescadores es el sitio perfecto para hacerse un book fotográfico nupcial.

Si bien la zona de Buda es la más monumental, consideramos que la parte de Pest reúne la mayoría de atracciones turísticas y comerciales. Así que volvimos hasta allí para ver la Catedral de San Esteban, otro de los colosos arquitectónicos de Budapest. Me quedé con las ganas de ver la mano momificada del santo, pero buena parte del templo estaba clausurado por una boda (y no estábamos invitados). Eso sí, subimos a ver su Tesoro por el módico precio de 300 HUF (1€ al cambio), que aunque fue una visita de entrar y salir no estuvo mal. Visitamos también el Museo Nacional de Hungría, a conocer su historia a través de restos arqueológicos y vestigios. Recomendamos verlo si te gustan los museos culturales, porque tiene un poco de todo.

Durante la tarde de ese segundo día nos movimos en metro como pez en el agua. Es una red bastante sencilla, y además nos lo tomamos también como un paseo por la historia viva porque hay estaciones con ese aire comunista tan rico, y luego hay otras con ambiente decimonónico (hay que decir que es el metro más antiguo del mundo tras el de Londres). Con este transporte llegamos a la Gran Sinagoga de Budapest (visita por fuera porque era de pago) y al Balneario Lukacs. Budapest es conocida también como la “ciudad de los balnearios”. Tiene 118 manantiales pero nos decidimos por aquél al estar incluido en la Budapest Card. Si vais a pagar por uno, no vayáis a éste. Es cierto que nos quedamos dos horas y media hasta quedarnos ‘arrugaos’ pero no es tan grande como otros.
 

La piscina de burbujas del Balneario Lukacs estaba en el patio interior. Excelso.

Nuestro paso por Budapest lo cerramos de la mejor manera posible: en un “bar ruina”. Descubrimos este invento gracias a los compañeros de Mapa y Mochila, y son lugares medio ruinosos alquilados al ayuntamiento a buen precio. Es tan low cost que ni han invertido mucho en su decoración, y desde luego el precio de las consumisiones suelen ser asequibles. Nosotros estuvimos en Szimpla Kert que es enorme, no, lo siguiente. Era estar como en un museo psicodélico y con diversos rincones de distintos ambientes. Hubo música en directo de gente amateur y le dio una guinda muy bohemia.




Habréis visto que nuestro viaje a Budapest fue en todo momento in crescendo. Nos quedamos con muchas ganas de todo: de adentrarnos en el Castillo de Buda, de mojarnos en más balnearios, de soltarnos la melena en otros bares ruina (ninguno es igual), incluso de visitar Memento Park que es a donde se llevaron las antiguas esculturas comunistas. Budapest no tiene opulencia pero sí presume de bastantes atracciones. Esto hizo sentirnos casi como en casa, es decir, súper cómodos. Desde luego si hay que hacer un ranking de destinos turísticos a los que volver, la capital de Hungría lo encabezaría con creces.

Autor entrada: Vacaciona2 - Alberto

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