El Rastro de Madrid: vende todo lo que se te ocurra

Una de las cosas que nos fascinan tanto a David como a mí son los rastros. Y no es porque vayamos a comprar nada. La esencia de un buen rastro es que ahí te puedes encontrar de todo y, en consecuencia, muchas cosas frikis y basturrias. Eso es lo que nos divierte y nos empuja a visitarlos. El rastro de Madrid no iba a ser menos. Cada domingo por la mañana los comerciantes montan sus casetas y los anticuarios abren sus negocios, todos ellos de bote en bote. Y si te dejas, hasta te venden hasta un bote.




Vamos a ponernos en situación antes de ir al lío: no hablamos de un rastro cualquiera. El rastro de Madrid tiene casi 300 años de historia, pero siempre ha estado en la misma calle: Ribera de Curtidores, en el barrio castizo de Lavapiés. Aquí se localizaba una activa industria de pieles curtidas (mismamente) durante el siglo XVIII, así que los vendedores ambulantes aprovechaban el ir y venir de compradores para sus trapicheos.

Con los siglos el rastro de Madrid se fue expandiendo hasta llegar al barrio de La Latina. Es un reflejo exacto del éxito que tienen estos puesto hasta llegar a figurar en las guías de viaje. Tal es su importancia que se puede equiparar a otros grandes mercados europeos como el de Portobello en Londres, o Porta Portese en Roma. Tal era el flujo comercial que en el año 1998 el Ayuntamiento decidió cortar ese crecimiento y mantener un tope de 3.500 puestos.
 


 
La principal (y originaria) calle es la de Ribera de Curtidores. Cuando empecé a bajarla me dije: “bah, tampoco es para tanto”. Había leído eso, que por las calles trasversales habían puestos especializados en cuadros, muebles antiguos… Pero no fue hasta que llegué a la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo y subí por otras calles cuando me di cuenta de lo enorme que era.

En una mañana es imposible que te de tiempo a ver todo lo que hay en el rastro de Madrid, salvo que no te detengas a mirar. Esto es lo peor que puedes hacer, porque hay bastantes cosas curiosas que merecen tu atención y que El Viajero de El País lo clasifica bien. Por ejemplo, por la calle Ribera de Curtidores casi que podía pasar de largo. Allí están las familias gitanas vendiendo su género y prometiéndonos el oro y el moro entre gritos: “bisutería de calidad, la que no se pone mala”, “precio, moda, good one“, “todo a un iuro“… Cuando todos sabemos que las marcas no suben de Ghluin Kloin.
 


 
En efecto, ropa interior, medias, vaqueros, pashminas, e infinidad de complementos los hay en esta zona del rastro de Madrid. Como dije, hay otras partes dedicadas a según qué. En la calle de San Cayetano hay tiendas que hacen su agosto vendiendo cuadros, pero sobre todo marcos de todos los tamaños y estilos (allí no había visto tantos marcos juntos después del Louvre).

En la calle Carlos Arniches se venden sobre todo libros. Hay mucha enciclopedia desfasada de los 60 o 70, incluso boletines médicos de vete a saber qué país y a quién le puede interesar. También encontré revistas y cómics muy clásicos, como la edición del ABC anunciando la muerte de Franco a toda página, o la colección de TBO; la Plaza del General Vara del Rey hay una buena concentración de anticuarios, aunque el resto de calles están salpicados de ellos. Muchos sacan su material a la calle y es llamativo ver trajes de comunión de esos años, chaquetas del Régimen, e incluso clásicos trillos de sílex con los que se araba la tierra.
 


 
Desde luego mi zona favorita del rastro de Madrid es la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo. Aquí se reúnen los vendedores multimedia: móviles del año de la pera, vinilos, cassettes… Estuve muy tentado por comprarle a David la obra teatral Celeste no es un color en VHS a David ¡por 33 céntimos! Pero también hay sitio para los amantes del bricolaje, con tachas oxidadas pero con ese tamaño que ya no fabrican.

No hablemos de los amantes de los cromos, que se apean en bancos o en los parterres a negociar por ese cromo de Patxi Salinas… Pero sí es cierto que hay mucho particular que se tira al suelo a vender lo que le sobra de casa, como si trata de colarte una muñeca desnuda y desmembrada. Por eso está la pareja de policías inspeccionando cada puesto, y les he escuchado tragarse cada historia familiar que parecen casos de El Diario de Patricia




No cabe duda de que el rastro de Madrid atrae a propios y extraños. Hay mucho turista también, y alguno que otro pica con souvenires (con precios tres veces menos que en las tiendas habituales, eso sí). Por eso incluso los bares están abarrotados (el importe de sus tapas asimismo son baratos) y hay músicos que entretienen al personal, como la organillera a media altura de Ribera de Curtidores o ese grupo de jazz que ofrece un espectáculo dominical a cambio de que les llenes el sombrero de monedas. Así que no leáis más e id. ¡El rastro de Madrid, mejor vivirlo!
 

Autor entrada: Vacaciona2 - Alberto

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *