Una noche en el desierto

¿Quién no ha soñado alguna vez con adentrarse en el desierto sobre la joroba de un dromedario, y reposar una noche en la haima cenando junto a Lawrence de Arabia? ¡Déjaos de imaginaciones bucólicas y hacedlo realidad! Bueno, a lo de Lawrence llegamos un poco tarde pero el desierto siempre nos espera. En Marruecos hay diversas agencias que organizan excursiones al desierto. Nosotros quisimos vivir esta experiencia única y contamos con Viajes Marrakech, que realiza escapadas a desiertos como el de Zagora. Si aún tenéis dudas,  esperad a que os contemos cómo lo vivimos. ¡No podréis decir NO a una noche en el desierto!




Aquellos seis días de nuestro viaje a Marrakech nos permitían realizar escapadas fuera de la ciudad imperial. Nos decidimos por Zagora, una ciudad dentro de la provincia del mismo nombre que está a casi 400 kilómetros de Marrakech (y a muy pocos de la frontera con Argelia). Para llegar hasta allá hicimos una ruta de 12 horas en furgón, pero que incluía varias paradas: unas para tomar algo y otras más turísticas, de esas con miradores para tirar fotos y no cansarse. De esta forma atravesamos las montañas del Atlas, recalamos en Ouarzazate (visita fascinante que ya os contaremos) y atravesamos el Valle del Draa. El viaje no se hace muy pesado pues, pasando las montañas, el camino es prácticamente recto. Además, una de las cosas que más disfruto en coche es ver los distintos parejes desde la ventana, más cuando no has visto cosa igual.

La llegada al desierto, próxima a la ciudad de Zagora, coincide con el anochecer. En un desvío nos esperaban dos hileras de dromedarios, con los que tendríamos que dejar atrás la civilización, internarnos en un valle de polvo y tierra hasta nuestro destino. Nunca había montado en dromedario, y al poco que nos acostumbremos al vaivén de sus pasos (y que los muslos se adapten a la silla de montar), el viaje se hará sencillo. A mí me tocó uno rebelde, pues a veces desviaba el cuello tentado por los deliciosos ramajes del camino. Pero no tengáis miedo que no hacen ‘el caballito’ ni nada parecido. Además, son tirados por bereberes que entienden del tema. Casi una hora después llegamos al “parking de dromedarios”, donde descansaban los del resto de turistas que ya se encontraban allí, y subimos una pequeña duna, en cuyas faldas se extiende nuestra haima.

Fuimos recibidos con té y pastas (como no podía ser de otra manera) por Mustafa Sahara, que fue nuestro anfitrión durante la estancia. Es uno de los bereberes que trabajan y viven allí, la mar de simpáticos y atentos. Mustafa nos condujo a una de las haimas que bordean el campamento, fuertemente levantada por telares tradicionales. Nosotros esperábamos dormir en condiciones básicas, como vemos en las películas. Pero resultó que la haima debía de ser VIP-5-Estrellas-Lujo porque teníamos cama para cada uno de nosotros, nuestra toalla, nuestro champú… Al igual que las casetas del baño y del comedor, acogedores. Nos sirvieron de cena ensalada marroquí (a base de tomate bien picado) y un tajín de pollo para todos que, como comprobamos durante todo nuestro viaje en Marrakech,  tratan de no dejar con hambre a nadie. En el vídeo podéis ver lo impresionados que nos quedamos:
 

 
Empezamos a hacer la digestión echados en la zona ‘chill out’ de alfombras y chaise-longues, en el centro de la haima, y picando de las uvas que sobraron del postre (toda una estampa bacanal). Fuimos despertados de nuestro éxtasis por los yambés de los bereberes, que nos ofrecieron un espectáculo musical y de danza, sacando a los turistas a bailar e invitándolos a tocar con ellos. Aunque por más que nos enseñasen, al final todos nosotros acabamos con sus instrumentos y parecíamos una comparsa arrítmica de psiquiátrico. Pero lo más especial para nosotros fue lo que hicimos después, cuando la mayoría se retiró a dormir y quedamos sentados en lo alto de la duna, con la mirada posada sobre el horizonte iluminado por la luna, gozando del aire fresco. Uno de los bereberes nos acompañó, contándonos sus experiencias vitales y ansias; también hubo tiempo para echar unas risas y para estar callados. La idea era vivir ese momento irrepetible y grabarlo en la mente como un recuerdo único.

¡A las 6 sonó el despertador! No podíamos perdernos la salida del sol, que asomaba el hocico por una de las lejanas montañas de Zagora. Mustafa nos inició el día con un sugerente desayuno, y otros nos enseñaron cómo se colocaba un turbante bereber. La haima se llenó de cámaras para inmortalizar todo aquello, y que seguía resonando en nuestras cabezas mientras nos alejábamos en los dromedarios hasta donde nos esperaba nuestro conductor. Sin duda es una experiencia que hasta nos pareció corta, en la que nos quedamos con ganas de más. Así que si finalmente decidíis embarcaros en esta aventura por el desierto de Zagora, dejad los prejuicios afuera, dejaos llevar, ¡y vivid!
 

Autor entrada: Vacaciona2 - Alberto