El Hierro: la isla con el don del tiempo

Ha pasado mucho desde que visitamos El Hierro. ¡Un lustro ya! Sin embargo es el viaje que, personalmente, guardo con mejor recuerdo de todos los que hemos hecho (que ya sabéis que no son pocos). La razón está en que la experiencia ha sido muy distinta al resto. Para que lo entendáis os vamos a explicar cómo fue nuestro viaje a la más desconocida de las Islas Canarias. Y no será porque sea la isla más pequeña y menos habitada (cerca de 10.500 personas) del Archipiélago canario.



David, Vanesa y yo decidimos visitar El Hierro en un momento muy crítico para la isla. El 10 de octubre de 2011 las noticias nacionales comenzaron sus emisiones con un suceso alarmante: la explosión volcánica a tan sólo 5 kilómetros de La Restinga. El pueblo costero fue varias veces evacuado hasta que en marzo de 2012 se anunció el fin de la actividad del volcán. A pesar del estado de emergencia, el suceso se quedó en una anécdota pues no hubo graves consecuencias. Aún así nadie de los que animamos a venir quiso unirse a la aventura que empezó el 12 de octubre, cuando tomamos el barco desde Santa Cruz de Tenerife.

¿Ocho horas en barco? Posiblemente, porque El Hierro es de las Islas Canarias la más alejada y un billete de avión a un aeropuerto con tan poco tráfico sólo es plausible para los consejeros del Gobierno. Llegamos de noche al Puerto de La Estaca y tomamos un taxi hasta Villa Marina, en el pueblo de La Caleta. Son un conjunto de casas que se alquilan por días y donde su propietario tuvo una relación muy cercana con nosotros. Además, el enclave era perfecto porque cuenta con unas piscinas artificiales donde nos dimos nuestros buenos chapuzones.

Fuimos a El Hierro sin grandes planificaciones, como en lo referente al transporte. Una vez allí confirmamos que moverse por la isla iba a ser complicado, pues el servicio de guaguas o autobuses es limitado. Así que para alquilar un coche nos fuimos al aeropuerto, a ¡20 minutos andando! Allí hicimos un par de horas, porque las oficinas abren dependiendo de los vuelos que haya, y como dijimos, en El Hierro no es que hayan muchos. Desde luego es la mejor forma para visitar la isla, pues fuimos a nuestro aire y a nuestro horario.
 

 
Nuestra primera visita fue a la capital de El Hierro, Valverde, donde visitamos la Iglesia de La Concepción y la Biblioteca Municipal. No podíamos dejar de ver el lugar donde se encontró el árbol Garoé, el árbol santo cuya leyenda contamos en el vídeo anterior, así como el Mirador de La Peña, en Guarazoca. Este es obra del artista lanzaroteño César Manrique, una arquitectura humilde pero casada con lo moderno, de forma que en su interior alberga un restaurante donde los comensales comen con unas vistas abismales hacia el Valle del Golfo. Desde la balaustrada vimos el curioso Hotel Punta Grande, el Hotel más pequeño del mundo (¡de sólo 4 habitaciones!). Llegamos justo para la puesta de sol, uno de los momentos más mágicos que hayamos tenido.

En los días posteriores subimos hasta el Mirador de Jinama, en el centro de El Hierro, donde tuvimos otra perspectiva del municipio de Frontera, hacia el cual bajamos para relajarnos en el célebre Balneario de aguas medicinales Pozo de La Salud. No es que sea muy grande pero lo disfrutamos como marqueses. Asimismo nos asomamos al Mirador de Las Playas, que ofrece vistas vertiginosas del acantilado sur donde vemos el Parador Nacional y el Roque de Bonanza.

Pasamos por el reciente municipio de El Pinar (hasta 2007 El Hierro estaba dividido en tan sólo dos municipios) y ver si podíamos colarnos en La Restinga, otro de los puntos calientes del turismo herreño. No obstante el tráfico estaba cortado por el riego volcánico y nos sentamos a un lado para ver la mancha amarilla que había dejado la erupción sobre el Mar de Las Calmas. Tratamos de llegar al yacimiento arqueológico de El Julán, pero estaba inaccesible, y encontramos cerrada la Ermita de La Virgen de Los Reyes, que si es preciosa por fuera nos quedamos sin disfrutarla por dentro.
 

 

Si hay una imagen que represente a El Hierro, esa es la de El Sabinar, donde se nos abre un mágico paisaje de sabinas retorcidas por el viento. Y, cómo no, el Faro de Orchilla, lugar donde los europeos colocaban el meridiano 0 hasta que fue trasladado a Greenwich. En este último punto no hay mucho que hacer salvo rememorar viejas historias fantásticas (y comernos una tortilla, que fue lo que hicimos a los pies del faro).

A pesar de estar 4 días en El Hierro, nos fuimos con la espinita de no haber visitado La Restinga, así como El Lagartario, el centro de reproducción y cría en cautividad del lagarto gigante, una especie de reptil endémica que se ha convertido en otro icono de la isla. Me encantaría volver no sólo por esta causa. El Hierro se define como “la isla de la tranquila diferencia”, y ese es su valor, alejado del turismo de masas. Disfrutamos de aquellos días por no tener que hacer colas en museos, ni pelearnos por coger sitio en sus playas. Vivimos la isla sin el típico estrés de llegar a tiempo a ninguna parte. Esa es la magia de El Hierro, donde el tiempo es sólo tuyo.

Autor entrada: Vacaciona2 - Alberto

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