Camino de Santiago: El Diario, jornada 3

Después de la tormenta, ¿siempre llega la calma? Tormenta, no. Pero niebla había para dar y regalar cuando amanecimos en Alto do Poio. Y calma… Es la que nos supusimos al comienzo de nuestra tercera etapa del Camino de Santiago. Galicia no nos había recibido con honores el día anteriorasí que estábamos dispuestos a enfrentarnos en nuestro nuevo viaje al mismísimo diabliño. ¡Mexan por nós e hai que dicir que chove!




Pronto quedó atrás Alto do Poio, engullido por la espesa niebla. Marchamos de buen humor, sobre todo al llegar a Fonfría. Una simpática abuela recibía a los peregrinos con una tonga de tortas de leche frita a la puerta de su casa. Después de comértela es cuando pedía la voluntad (para seguir comprando ingredientes). ¡Qué menos cuando su simpatía era regalada!

Comenzamos a bajar hasta O Biduedo. Frente a un bar con un tractor ¿expuesto en una vitrina? está la Iglesia de San Pedro, que dicen que es la más pequeña del Camino de Santiago (y puede ser, que hemos visto salones más grandes). Bordeamos los montes y nos codeamos casi con las vacas hasta Fillobal. Siempre nos arrepentiremos de no tomar una bandeja de frambuesas locales de las que podías servirte tú mismo, al buen fiado de un euro.

A pocos pasos quedaba el pueblo de Ramil, desde cuya plaza en minuatura podías respirar esa quietud campestre bajo la sombra de su corpulento castaño centenario. Y a un kilómetro, ¡Triacastela!, al que llegamos pronto debido a la ventaja que tomamos la etapa anterior.
 

 
Probablemente este municipio de 772 habitantes sea uno de los que mejor recuerdo nos dejó en el Camino. No porque nos tomásemos todo el día para descansar. Triacastela es un núcleo súper tranquilo, acostado en los lomos de un pequeño valle, donde el tiempo parecía detenerse. Para empezar, su albergue municipal fue el mejor que nos encontramos porque sólo dormían cuatro por habitación. Pero tenía como zona comunal unas terrazas por bloque que eran espectaculares.

Otro detalle encantador de Triacastela: las vacas pastando junto a las lápidas de su iglesia. La naturalidad en su máximo exponente. Pero tampoco le sobraban servicios para ser un pueblo pequeño: desde un banco hasta una librería, pasando por el supermercado donde nos hicimos un bocadillo. Nos permitimos largos paseos donde intercambiar reflexiones. El Camino estaba prometiendo.

Autor entrada: Vacaciona2 - Alberto

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