Camino de Santiago: El Diario, jornada 1

Ya lo anunciábamos. Con esta entrada arrancamos con una serie de especiales en la que os vamos a contar cómo nos fue en este viaje tan especial de nueve días, la aventura que significó para nosotros pero también el sufrimiento. Más allá del halo religioso que envuelve el Camino, uno acaba convirtiéndose en verdadero mártir. ¡Se pasa canutas, en serio! Quizás por eso haya sido nuestra peor experiencia pero al mismo tiempo, la mejor. Os vamos a dar las razones, pero también avisos a futuros caminantes. ¡Coged la mochila que echamos a andar!




El primer día vamos todos a empezar con una cara rebosante de ilusión y ganas, convencidos de que nos vamos a comer el Camino con patatas. Pero conforme las horas pasan todo cambia. Así lo vivimos aquel día 6 de agosto de 2012. Sí, con “toda la calor” (nosotros somos así de especialitos). Tomamos el bus que nos llevó durante la madrugada desde Madrid hasta Ponferrada, en León. Decidimos tomar la ruta más popular, el Camino Francés, y partir 200 kilómetros antes de llegar a Santiago (el mínimo exigido para obtener la Compostela es de 100).

En la Iglesia de Nuestra Señora de La Encina obtuvimos la credencial de Peregrino, y con los primeros sellos (del propio templo y de la Oficina de Turismo, junto al impresionante Castillo Templario) partimos. Cruzamos toda la ciudad, una maraña de asfalto pero que sin embargo está muy bien señalizado para el Peregrino. Ponferrada no es pequeña. Tardamos en salir y en llegar al próximo pueblecito.

El calor arreciaba fuerte y nuestros pies pronto se resintieron. Tuvimos que hacer varias paradas y masajearnos los pies. ¡Y eso que aún no habíamos pisado campo prácticamente! En Camponaraya sí que los pusimos bien en remojo, cuando cruzamos su río e hicimos un alto para comer algo. A partir de entonces atravesamos una sucesión de villas hasta llegar a Cacabelos. Desgraciadamente no pudimos detenernos a disfrutar de su iglesia románica o de tirarnos por el trampolín del área de baño entorno al río Cúa.

Dejando Piero detrás divisamos un núcleo rural en lo alto de las montañas. Creíamos que era el ansiado fin de la etapa, Villafranca del Bierzo. Pero no. Este pueblo está aún oculto y hay que desviarse hacia la derecha, por un sendero que comienza a las puertas del Estudio del escultor Arturo Nogueira (tomaros un minuto para contemplar sus curiosas obras contemporáneas) delante de la verja. A partir de ahí fue ya todo coser y cantar.

En cambio, encontrar alojamiento no fue nada fácil. Casi 9 horas de camino después llegamos a la meta sin dar con alojamiento libre. Ya las camas del Albergue Municipal de Villafranca del Bierzo estaban todas ocupadas. Pero justo al lado de la Iglesia de Santiago se localiza el Ave Fénix, también hasta los topes pero ampliaron sus plazas e hicieron un despliegue de colchones en su buhardilla para los rezagados. Fue un pelín incómodo porque como se te ocurriera levantarte de golpe te dabas de morros contra el tejado a dos aguas. Sin embargo, sus responsables fueron muy serviciales. De hecho el ambiente por la noche allí era muy ameno entre los Peregrinos, como si todos se conocieran. Una auténtica comuna.

¿Conclusiones de la primera etapa? Devastadoras. Se nos habían creado en los pies unas bolsas que ni las de basura que tiran en Mercadona. Íbamos equipados con agujas, y así nos pasamos el resto de la tarde, pincha que te pincha. Estábamos orgullosos de haberla acabado pero muy hechos polvo. Si aquello fue así el primer día, ¿qué cosas peores podrían esperarnos? Al día siguiente lo sabríamos. ¡Y vaya si lo sabríamos!

¡No os perdáis el capítulo de esta etapa en vídeo!
 

Autor entrada: Vacaciona2 - Alberto

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